Bill Biggart (1947-2001), fotoperiodista con amplia experiencia en conflictos armados, no dudó un momento el 11 de septiembre de 2001 cuando se enteró de que un avión había impactado contra la torre sur del World Trade Center en Manhatan; invadido, quizá, por esa misma adrenalina que empuja a los montañeros a enfrentarse una y otra vez cara a cara con la muerte, corrió contra la marea humana que huía despavorida del lugar de la catástrofe.
Su pulso se aceleraba, su boca se secaba, pero algo estaba pasando y él tenía que dar testimonio, por mucho que un escalofrío recorriese su espalda: su cámara empujaba más que su miedo.
Cuando llegó al perímetro de seguridad mostró su pase de prensa y fue advertido del peligro que corría: el escenario era dantesco, nunca antes se había vivido algo así en la ciudad. Aunque sus piernas flaqueaban por momentos, esa maldita o bendita(según se mire) necesidad suya de informar pudo con todo.
Instantes después, la torre sur se desplomaba: Biggart y otros fotógrafos captaban la desgarradora escena. Quizá, era el momento de retroceder, pero él sintió la necesidad de dar un paso más allá y, lejos de amedrentarse, decidió avanzar un poco hacia la torre norte: quería conseguir imágenes más certeras, más realistas, más sinceras.
Sin embargo, esa mañana, la muerte se sintió más poderosa que nunca y sobre las 10:28 la torre norte cedió: se vino abajo y arrastró cientos de vidas a su paso, entre ellas la de Biggart, esta vez había perdido…
Cuatro días después de aquella fatídica mañana, el cuerpo de Biggart fue encontrado junto a sus tres cámaras y más de 300 imágenes que pudieron ser recuperadas. 
Fueron los últimos disparos de una vida recogiendo los últimos instantes de otras vidas. Fueron los disparos de un profesional que lo apostó todo por su oficio y que, pese a que, sin duda, el precio pagado resultó ser demasiado elevado, nos dejó un legado eterno.
Las imágenes pueden verse en http://digitaljournalist.org/issue0111/biggart_intro.htm
Éstas son algunas

